S?bado, 19 de abril de 2014
Los ucronistas
CF
190 páginas
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Sinopsis

En un futuro no muy lejano la raza humana ha sido capaz de crear universos sintéticos y habitables, copias no exactas del nuestro, por las cuales es posible navegar tanto en el tiempo como en el espacio. El Consejo Ucronista es el órgano encargado del estudio de la Historia Virtual y de las Ucronías, que ellos mismos generan alterando los hechos para experimentar con la evolución social e histórica. 
Cuando a uno de los patrulleros del tiempo encargados de tales estudios, el doctor Kappel, le falla el instrumental mientras forzaba la Historia para que Hitler muriera, y empieza a interaccionar con los habitantes de la ucronía, más reales de lo que le habían contado, empiezan también sus dudas sobre la moralidad de las misiones, muchas de la cuales terminan con guerras, revueltas y muerte.
En Victoriana, uno de esos mundos sintéticos, afectado repentinamente por fenómenos anómalos, la señorita Ingram, una científica del Cambridge de 1890, ansiosa de reconocimiento, quiere descubrir por qué han dejado de funcionar algunas de las leyes de la Física. Para ello organiza una expedición a Transilvania, donde se han visto unos peculiares hombres vestidos de plata a los que achaca las alteraciones. El viaje estará plagado de peligros, y hasta tendrá que enfrentarse con vampiros y seres de muy baja catadura.
En Germania, un mundo alternativo en el cual Hitler murió en un atentado y no llegó a tener lugar la II Guerra Mundial, gobierna en 1969 Korbinian Abendroth, un dictador nazi obsesionado desde niño con el diario de la señorita Ingram, un libro misterioso donde se narra una extravagante expedición en busca de hombres que dominan el tiempo y el espacio. No descansará hasta cumplir su sueño de encontrarse con ellos, mientras trata de eludir guerras y atentados contra su persona.
Kappel, Ingram y Korbinian entrecruzarán sus historias en una aventura delirante cuyo final son en realidad todos los finales posibles.

"Si posees el tiempo, posees el mundo. Si posees un mundo, posees el tiempo."


Primeros capítulos:


El profesor Kappel solía decir, irónicamente, que la Historia había comenzado por segunda vez el día en que el Laboratorio Europeo había rasgado el velo del espacio-tiempo con sus veinte gigantescos láseres de cuatrocientos petavatios, y logrado extraer de la fisura infinitesimal un chorro de partículas exóticas a las que acabarían llamando Omega.
Dotadas de masa y energía, y de una enigmática estabilidad que desafiaba los dogmas establecidos por la mecánica cuántica, las partículas Omega se podían combinar para generar materia con un gasto ínfimo de energía y con gran facilidad, como si buscaran por naturaleza el contacto unas con otras para imitar nuestro entorno, aunque el resultado fuera una sustancia etérea, fantasmal casi, que resultaba inútil para su uso en la vida cotidiana, empero, nada desdeñable en su valor científico. Eso implicaba la existencia, más allá de la fisura abierta, de un universo que vibraba en el plano de las sombras fantasmagóricas, pero tan real como el nuestro, de una increíble capacidad creativa, imagen especular de lo conocido.
Sin embargo, la idea de que gracias a tan extraordinarias partículas subatómicas, de propiedades casi mágicas y tamaño incluso menor que los quarks, se llegaría al conocimiento definitivo sobre el origen de todo y se aclararían los puntos difusos de las teorías sobre el Big Bang, la materia oscura o los agujeros negros, pronto fue superada en favor de nuevas perspectivas. Ahí afuera había todo un mundo hecho de «eso» que podía convertirse en «esto». Y nosotros teníamos acceso al filón de una mina casi infinita. El orgullo fáustico hizo volar la imaginación a cotas pocas veces alcanzadas en la historia.
Dado que la corta duración de la vida humana impedía la exploración directa de mundos tan lejanos, al laboratorio Europeo se le ocurrió, recurriendo a viejos refranes, que resultaba más factible traer la montaña a Mahoma. Jugar a ser Dios podía ser la más dulce venganza del hombre contra las ideas supersticiosas que durante milenios habían oscurecido el alma de su especie. Los antiguos miedos fueron sepultados por la fe en la cualidad superior de las criaturas orgánicas e inteligentes. Y cuando el miedo desapareció la creatividad fluyó sin cortapisas.
Un equipo científico creó átomos de elementos químicos vinculando partículas omega, algo que, como ya se dijo, era mucho más fácil y menos costoso de hacer, en términos energéticos, que con partículas normales; otro recombinó las moléculas resultantes para formar, en un sistema cerrado (un enorme contenedor electromagnético en forma de esfera semi transparente), con ayuda de la gravedad, estructuras que simulaban estrellas, planetas y nubes de polvo cósmico equivalentes a las de nuestro mundo. Poco a poco, las construcciones de objetos estelares simples crecieron y se unieron a otras en un sistema cada vez más complejo, de tal manera que ya podía ser llamado con toda propiedad «universo».
El primer mundo sintético en miniatura se convirtió en una réplica casi perfecta del nuestro. Había resultado imposible recrear por entero las leyes de la física y la química, o las especiales circunstancias y rigores de las épocas primigenias de la creación; por ende, se trataba un sistema de edad similar al del nuestro (con el amplio margen que se derivaba de las cifras astronómicas), adulto y bien formado, que contaba con las condiciones necesarias para albergar, en un futuro, vida orgánica e incluso, si el azar así lo estimaba, vida inteligente.
Lo del futuro era una forma de hablar. El tiempo pasaba en un parpadeo para los científicos; pero serían eones para hipotéticos habitantes del mundo. Tal circunstancia facilitaba la observación de los cambios, que sucedían como fogonazos ante los ojos admirados de los investigadores, lejanos y, al tiempo, omnipresentes, como un panteón de dioses contemplando su creación.
El más divertido juguete para científicos había atraído la atención del mundo entero. Cada día surgía una novedad, que corría parejas con la evolución de la entropía generada en él, lo que otros llamarían la flecha del tiempo. Aquí una supernova que estalla; allá un agujero negro; en otro lugar, una catastrófica colisión de planetas. La belleza de esta violencia salvaje eclipsó cualquier otra manifestación artística, hasta que, un día, se difundió la más asombrosa pero esperada de las noticias: en el pequeño universo había vida.
Ocurrió en un planeta igual a la tierra, cerca de una estrella con las mismas trazas que el Sol, de densa atmósfera y asfixiante temperatura, cerca de unas grietas volcánicas que hacían borbotear una charca. Para sorpresa de los científicos, en miles de planetas había tenido lugar toda una explosión de civilizaciones, criaturas y seres de tan extrañas naturalezas, que incluso a ellos, de mente más abierta que el común de los mortales, les costaba asimilar.
Aminoácidos, moléculas, azúcares, cetonas, alcoholes, organismos unicelulares, pluricelulares, animales y plantas, monstruos, vida degenerada por la dureza de un nuevo clima, muerte y extinción, nuevo surgimiento, el ser humano, nueva extinción masiva… Y todo en unos pocos días terrestres. ¿Sería ese el futuro de todo, ya que hasta entonces se había comportado como una réplica casi idéntica? ¿O el azar que supuestamente nos gobernaba podría alterar lo que habían visto y generar un número infinito de posibilidades?
A fin de estudiar lo que para los sabios eran periodos de tiempo inimaginablemente pequeños se tomaban grabaciones telescópicas (o tal vez habría que decir microscópicas) mediante lentes y sensores pegados a la membrana del universo, que luego se traducían a escalas más asequibles para el entendimiento humano. Hasta que la osadía llegó al extremo de enviar físicamente sondas y misiones tripuladas de exploración, mediante lanzaderas y trajes cuánticos que evitaban el peligro de las condiciones de estrellas, planetas y agujeros negros, extremas e incompatibles con la vida. El regocijo de las mentes más agudas era tan inmenso como infantil en su pureza. Más de un científico exigió que le bajaran el universo de la bóveda donde flotaba solo para poner las manos sobre su superficie, sentirla palpitar y sentirse al tiempo dueño del mundo.
A lo largo de las décadas, el Laboratorio Europeo había pulido el procedimiento de construcción de mundos, que algún periodista llamó impropiamente clonación (esta fue, de todas formas, la nomenclatura que al final permanecería), de tal modo que habían logrado símiles del nuestro más ajustados, y que servían a la Física con mayor eficiencia que ningún otro instrumento creado hasta entonces. La nueva generación de viajeros cósmicos virtuales conoció maravillas jamás soñadas.
En aquel tiempo, el concepto de lo que se podía considerar ciencia era abierto y transversal. Como en la época de los griegos, existía una comunión perfecta entre las disciplinas matemáticas y científicas y las humanísticas. Unas tomaban métodos y procedimientos de las otras, en busca de un conocimiento total, que era el objetivo de la civilización, tras haber abandonado por fin el periodo oscuro en esta que gastaba la mayor parte de sus energías aniquilado a una parte de sus miembros.
La Historia empezó a ser estimada en un modo nuevo. Por fin podía ser una ciencia casi exacta. En el pasado se había creído que no respondía a las exigencias del método científico, al verse influida por la subjetividad y lo tendencioso. Sus afirmaciones se basaban en vestigios, testimonios dudosos, pruebas materiales, estratos excavados, trozos de huesos y de cerámicas, papeles sacados de contexto. No resultaba posible recrearla en un laboratorio en condiciones de análisis riguroso. Tampoco poner a prueba diferentes modelos teóricos sobre las sociedades, la economía y las culturas ni predecir su futuro y evolución, como hacían las Ciencias Duras con los objetos y relaciones que eran de su competencia. Pero si los seres humanos eran naturales, y estaban sujetos a la física y química al igual que todo objeto en el universo, su comportamiento y el de sus grupos debía de obedecer a unas leyes determinadas y determinantes.
Con la extensión de los microuniversos, los teóricos de la disciplina se dieron cuenta de que no solo la Física sino también la Historia habían encontrado una nueva vía revolucionaria. Ya no sería más la ensalzadora de etnias, grupúsculos y culturas concretas, ni la manipuladora y tergiversadora de hechos con intención política. De hecho, la política hacía tiempo que había desaparecido en aras a la tecnocracia. Cuando miraban al pasado, muchos se sorprendían de que la Humanidad hubiera sobrevivido durante tan largo tramo de su existencia sin atenerse a las leyes de la Razón y la Tecnología. La Historia podría convertirse, pues, en una ciencia tan lúdica como descriptiva, completa y estructurada, no solo dando a conocer lo que realmente había sucedido sino también imaginando variaciones y estudiando si era posible establecer esas leyes que tan esquivas habían sido durante miles de años. Y es que las partículas omega se comportaban de un modo tan extraño que si bien eran capaces de copiar el universo hasta la fecha presente, los científicos no tenían certeza sobre su fidelidad al futuro. Cada universo evolucionaba con notables diferencias, una vez pasada la actualidad, aunque la muerte fuera el final para todos. Era como si cada copia contuviera el pasado conocido y millones de futuros hipotéticos. Los fascinantes y múltiples universos estaban abiertos a la exploración no solo de lo sucedido, sino de aquello por suceder.
Para satisfacer las necesidades de la nueva disciplina académica surgida de la Historia se creó el Consejo Ucronista, la máxima autoridad en materia de Historia Alternativa. Los físicos pusieron a su disposición unos cuantos universos para que jugaran con ellos en la forma que estimaran pertinente. Dado que solo interesaba la mínima fracción de la historia del universo en la que se había movido el hombre, sus mundos eran mucho más pequeños y manejables, creados a medida. Se podían diseñar muchos de ellos con poco esfuerzo. No se escatimaron medios en este particular.
El profesor Kappel, en sus continuas visitas a la Gran Sala de los Mundos, donde flotaban estos en forma de esferas de diferentes tamaños que no se rozaban, como globos llenos de vida y violentas reacciones fisicoquímicas, era incapaz de contener la emoción que le suscitaba saber que tenía ante sí miradas de historias similares a la suya, historias posibles, historias improbables, historias incluso imposibles antes del hito científico, como las que contenía la Fictioesfera, donde se recreaban criaturas de la mitología, seres mágicos, escenas y escenarios de libros famosos, y el mundo de los Arquetipos, algo sumamente abstracto e intrigante que aún no había tenido ocasión de conocer en extenso.
Siendo especialista en Historia Virtual de los siglos XIX, XX y XXI, al profesor Kappel le estaban encomendados universos replicados del nuestro cuyo fin era ser cambiados. Estas copias nunca eran exactas, tanto por la dificultad que esto entrañaba, desde un punto meramente técnico, como por los continuos experimentos que se llevaban a cabo sobre el terreno, y que terminaban por alejar la Historia Virtual de la Real.
Como los viajes en el tiempo eran imposibles, la única oportunidad para conocer el pasado era convertirse en «patrullero» Ese propósito había sido el que había llevado al profesor Kappel ante el consejo Ucronista para postularse, apenas había abandonado la universidad.
Ya entonces era consciente de que no sería lo mismo que desplazarse de verdad en el tiempo: no vería al auténtico Julio César en los segundos previos a ser asesinado, su expresión de sorpresa atormentada, las miradas cruzadas de los conspiradores, el sudor de la frente de la víctima al percatarse de lo poco que le quedaba de vida, ni contemplaría la llegada de las tres carabelas a América desde la playa de la Hispaniola como un indio asombrado y aterrado ante lo desconocido, sino copias de estos elementos, muy fieles, muy logradas, pero, a fin de cuentas, construidas con una materia diferente, un «cómo pudo haber sido» que era, no obstante, lo más próximo a echar un ojo por la ventana de la Historia.
La complejidad y fidelidad de esos remedos desafiaban a su mente. Gracias al transporte cuántico, las lanzaderas, los patrulleros del tiempo podían disminuir su tamaño, traspasar las membranas y visitar los mundos, pudiendo manifestarse o no ante sus habitantes en la cronología deseada. Lo ideal era no hacerlo, ya que una intervención externa no autorizada podía alterar el experimento y echar a perder todo el modelo. Como en las viejas películas de viajes en el tiempo donde los viajeros tenían como consigna no cambiar nada para no afectar al futuro, los patrulleros procuraban pasar lo más inadvertidos posible. A ojos de los pobladores de los mundos estos mostrarían, de ser percibidos, el mismo comportamiento que un fantasma, una criatura legendaria o un dios: desapariciones misteriosas, actividades desconocidas y oscuras, presencias difusas y sombras en una pared.
La primera vez que Kappel entró en un mundo virtual se sintió desconcertado. A simple vista, en nada difería de la imagen del Londres que recordaba. Allí estaban el Big Ben y la arquitectura neogótica de las Casa del Parlamento, con el Támesis a sus pies. Se encontraba en una imitación del año 2014, tal y como había sido. Seguramente había algún pequeño cambio, pero era imposible saberlo. En principio, nada desentonaba: las calles estaban en su sitio, los políticos en sus cargos, las empresas en sus negocios, los turistas tomando fotos.
El plan era tan sencillo en su explicación como espectacular en sus resultados. Kappel debía crear un punto Jonbar, término extraído de la Literatura de Ciencia Ficción para definir el hecho histórico cuyo desenlace, diferente al real, genera una línea histórica alternativa. Los científicos habían decidido llamarlo así, dado que, en fondo, eso era lo que ellos creaban, ucronías susceptibles de ser observadas.
Previamente, el consejo ucronista había establecido una teoría o modelo sobre qué pasaría en caso de que estallara una guerra nuclear ese año (algo que no había sucedido en la realidad, por supuesto).
Los sabios habían aportado predicciones de variada índole, e incluso contrapuestas. Uno de ellos afirmaba que la III Guerra Mundial supondría la destrucción de la raza humana; otro llegaba más lejos, al sugerir que ni la tierra se salvaría de tamaño conflicto (en aquel tiempo el arsenal nuclear era tan inmenso que bastaba para arrasar el planeta varias veces); unos cuantos, más optimistas, sostenían la alucinante premisa de que los supervivientes saldrían adelante con mucha mejor disposición de ánimo y lograrían forjar una civilización superior y pacífica, que se podría estudiar e imitar. Naturalmente, estas posturas, que Kappel solo conoció a posteriori, habían sido discutidas en asamblea durante virulentos debates, que no habían hecho nada por alcanzar una puesta en común. En ese momento, el Consejo Ucronista había decidido, como hacía siempre en ese punto, enviar una misión para comprobar cuál de los sabios había planteado el modelo más certero.
Dado que una mínima alteración de la Historia podía, en teoría y según la teoría cuántica, generar un número infinito de escenarios, el Consejo Ucronista había diseñado un método para filtrar matemáticamente las opciones, de modo que al aplicarse el punto Jonbar solo pudieran ser observables entre dos y cuatro realidades alternativas.
La forma de crear una inflexión había sido estudiada y planificada con ayuda de todo un equipo de expertos. Kappel no había viajado tampoco solo a ese Londres de 2014, aún idéntico al original, aún impoluto y no mancillado por las ansias de conocimiento y el carácter juguetón de la facción más inteligente de la humanidad. Lo acompañaban varios especialistas en diversos campos, cuya misión era mezclarse con la gente e ir preparando el terreno, mediante ideas sibilinas, golpes de mano, conspiraciones, o cualquier otra manipulación que lograra cambiar el devenir de la Historia según lo deseable. A esto lo llamaban «sembrar». Los comandos de siembra de puntos Jonbar permanecían varios meses o años en ese mundo (dependiendo de la complejidad de sus objetivos), con lo cual les era dado constatar la evolución de primera mano a lo largo de siglos virtuales.
La sensación que Kappel tuvo fue la de haberse introducido en una película donde todo parecía real. Los sabios ucronistas defendían la idea de que las réplicas podían generar, en algunas mentes susceptibles, la falsa idea de que poseían materia convencional. Pero no eran sino un decorado donde se desenvolvían sus habitantes, marionetas con una vida ilusoria y mecánica, solo imitación de las auténticas pasiones y pulsiones orgánicas.
En aquella primera misión, generaron el caldo de cultivo para que brotaran la ira y el odio entre dos naciones dotadas de poder destructivo como eran EE.UU y Rusia. Un atentado que mató al Presidente del primer país, atribuido al segundo, dividió el mundo en dos escenarios: en uno de ellos, la respuesta visceral y contundente del agredido desencadenó primero, un infierno de fuego, y, luego, de hielo, por el que se arrastraron durante decenas de años los pocos supervivientes; en el otro, la calma y el buen sentido habían aconsejado resolver el asunto con un castigo de alcance limitado que había arrasado Moscú y había propiciado, en vista de la catástrofe, un diálogo tenso, pero fructífero. Las armas nucleares habían quedado prohibidas, al igual que las naciones.
El profesor, como patrullero del tiempo, había detectado el instante preciso en el que la historia había bifurcado su camino para dividirse con ella. Cada uno de sus yoes había quedado en uno de los escenarios, tomando notas, grabando y levantando actas de lo acontecido, saltando con ayuda de sus lanzaderas cuánticas hacia el futuro (en realidad, salía del mundo, fuera de la membrana, y volvía a entrar en otra fecha, ya que no era posible «deslizarse» desde dentro), para comprobar el desarrollo a lo largo de los siglos.
Fue fascinante y aterrador contemplar el paisaje desolado del mundo post apocalíptico, la miseria y hambruna de los humanos que luchaban por sobrevivir, la ruina de las grandes ciudades, el Big Ben en sus huesos, muros de piedra informe, enormes socavones y cráteres llenos de hierros fundidos y retorcidos, y saber que permanecía a salvo de las radiaciones y peligros gracias su traje cuántico y a no estar hecho de la misma materia que el paisaje. Se sintió igual de poderoso que un dios, dotado de sus prerrogativas de invencibilidad, un Aquiles sin talón, al que ni la lava de un volcán activo dañaba, un viajero capaz de respirar bajo el agua y entre las atmósferas más densas y cargadas de gases ponzoñosos… a no ser que fallara el traje y se adaptara por accidente a la materia del lugar, cosa que hacían de vez en vez, si la dificultad de la siembra lo exigía o si era menester recoger muestras o interactuar de algún modo.
Cuando tanto él como sus compañeros terminaron la misión, procedieron a la parte más difícil y profundamente perturbadora del procedimiento: reunir sus yoes en uno solo y regresar a la Gran Sala de los Mundos, a fin de presentar sus informes ante el Consejo Ucronista.
Durante unos días, la mente permanecía en un estado de confusión, tratando de procesar recuerdos, vivencias y pensamientos de dos líneas temporales distintas, lo que, en la práctica, era como decir de dos personas que eran la misma, pero sometida a vivencias paralelas y no comunicadas. Muchos patrulleros no lograban soportar este trance. Sus mentes quedaban para siempre escindidas, en un estado de constante e incurable esquizofrenia. Soñaban con la catástrofe y con la bonanza como si pertenecieran a un mismo tiempo, confundían los hechos de una línea y de otra. Muchos de ellos, ni reconocían haber regresado al mundo real: la realidad carecía de sentido cuando era un mero problema perceptivo, y resultaba imposible percibir diferente lo que parecía igual. Se conocían casos más aterradores, como el de los dos yoes del capitán Lévinton, en paradero desconocido tras no haber logrado unirse de manera adecuada. Una historia muy triste. Lévinton le caía bien, pese a su carácter huraño, aunque humanitario. Un adorable gruñón que protestaba por todo.
Kappel no había sufrido percances en ninguna de sus misiones. Quizás algún momento de duda, alguna leve confusión, como cuando no somos capaces de recordar dónde hemos dejado la llave y luego caemos en la cuenta de que esa puerta no tiene. Su mente poseía la capacidad de almacenar en compartimentos estancos los recuerdos de los diferentes caminos. Una mente fría. Un buen patrullero.


Escrito por reginairae @ 11:55  | Literatura
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